Yo también comi calle

El titular del muerto para el desayuno, gente atravesando largas distancias cada uno en lo que puede, madrugan para recoger unas cuantas monedas mientras otros pocos tienen el tiempo para pasear el pedigree de su perra, preparar se el súper batido después de ir al Gym para sentarse en un escritorio para lucir su ropa de marca y tomar su café con crema de Juan Valdez.

Yo también he comido calle, me he tragado el humo del carro lujoso con aire acondicionado, me he colado en el transporte público sin pagar, he vendido inciensos tienda a tienda, he recibido con agrado un café regalado del vendedor ambulante, he cotizado las bufandas de los ecuatorianos pidiendo les rebaja.

Me he trabado con el perfume de la gente hacinada en el Transmilenio. He recogido fruta del piso en Corabastos, he retacado en el paradero para completar lo del pasaje del bus. He hecho la fila que da vuelta a la manzana, tratándome de colar y otras veces viendo cómo se cuelan. Yo si sé que es calle.

No como los que salen de su casa en carro sin que les dé el sereno, a esos a los que les estorba el vendedor en el semáforo, el artista de calle que hace malabares, a los que les estorba que les limpien los vidrios porque según ellos se los ensucian.  Esos que rechazan sin usar palabras, con el solo hecho de mantener la distancia violentan al marginado, para mi es violento mantener la distancia.

Me asfixia que la experiencia de vida sea placentera para unos pocos, que sea clasista, que sea privilegiada, porque el sufrimiento del gomelo es el no estar a la moda o que el papi no le preste el carro para llevar a la novia al club, hasta que no pase el semestre en la U. Cuando la preocupación de otros, de esos cuerpos tirados en el pavimento tratándose de cubrir del frío cuando hay perros y gatos con casa propia.

Es extraño que haya gente juzgándote por tu mal comportamiento, porque gritaste a tu hijo para corregirlo, cuando hay quienes los prostituyen, los venden como mercancía, los abandonan en la basura, o los mutilan para convertirlos en mendigos. No está bien gritar, pero como no hacerlo con tanta podredumbre adentro para sacar.

La muchedumbre ahora te empuja conservando la distancia, te empuja con la mirada, te empuja con su miedo a ser tocado.  También he tenido de huir de novios suicidas, de maridos paranoicos que perdieron la Fe en la humanidad, rehúsan dome a aceptar vivir así, adaptándome, a lo que consideran normal, y cotidiano. Por mucho tiempo trate de ver la belleza en la oscuridad, lo bello de ver una mujer pobre recolectar flores, estropear sus manos por años, sin nunca poder ahorrar lo suficiente para pagarse unas buenas vacaciones, apenas reuniendo lo de la flota para ir a su pueblo y visitar a su familia que la consideran prospera porque vive en la ciudad,  toda una vida y ya con todos esos años encima ser retirada con una pensión que da risa.

La belleza de ver niños hermanos, hijos de distintos padres jugar descalzos en el piso frío del puente. La belleza en el vendedor ambulante que madruga todas las mañanas a sacar su plante y vender su mercancía pero que vive con temor de que venga un policía a correrlo de la esquina. Veo tanta belleza en la lucha del más pobre para sentir el placer de estar vivo. 

Comí mucha calle cuando tuve que buscar trabajo y me preguntan de que universidad venía y nadie la conocía. Entrevistas, pruebas y nada resultaba. Una vez imprimí tantas hojas de vida que hacian lo de la resma de papel que hubiera querido usar para escribir mi verdadera historia y sin tener para el bus me fui caminar todo el dia, reparti todas las que pude en el fondo presentia que no era mas que papel entintado que terminaría en la basura porque no leen el fondo, solo la superfie.    Me preguntaba, que debo decir, quien debo ser, que esperan de mí.  Si no eran los títulos, era la experiencia, si no eran las pruebas, o la universidad que nadie conocía y si no era de eso era porque no era suficientemente alta, suficientemente gomela y le daban el trabajo a la bonita,  que ya tenía varias propuestas y las estaba estudiando.

Comí mucha calle cuando me dedique a hacer encuestas tratando de convencer a la gente de que me regalara unos minutos de su tiempo para que respondieran preguntas de lo que consumen, de la la basura que producen dentro y fuera de sus cuerpos, hasta en las encuestas habían diferenciaciones , las encuestas mejor pagadas eran las que respondia la gente de estrato cuatro, cinco y seis, pero encuestar a esa gente era muy difícil porque no caminaban , levitaban del carro al super o la oficina. Estas personas tan bondadosas creen que, regalando su ropa usada, las cosas que desechan hacen una gran caridad. Pocos comen en la mesa con la servidumbre.

Comí calle cuando estando embarazada tuve que llevar una carpa y acampar en frente de las oficinas del DANE para estar al amanecer y estar en los primeros puestos de la fila para entregar mi hoja de vida como encuestadora.

Esta es la ciudad en la que crecí, una ciudad en la que los mas enfermos se sacan el pene para mostrárselo a las niñas, una ciudad en la que no puedes dar la hora porque están mirando como robarte el celular o la plata. Una ciudad en la que me han robado tantos celulares como bicicletas, una ciudad en la que un niño te amenaza con una botella de vidrio despicada y en la que un muchacho te corta la cara por no dejarte robar. 

Una ciudad que se desangra al mas vulnerable muriendo de a poco. Yo si he comido calle, porque he comido empanada con ají cuando ponían multas de un salario mínimo por hacerlo. Yo he comido calle, cuando por estar farreando dejaron durmiendo en la calle y amanecí en el parque con un frio que me atravesaba los huesos.

La ciudad desintegrada, ciudad amigable para los que tienen con que, los que no tienen madrugan, se rebuscan, se desmadran por el sustento diario. Es esta ciudad que desangra al más pobre, al marginado, una ciudad que viola y roba al desprevenido, al que estuvo en el momento y lugar equivocado, por ello mi paseo por la ciudad es fugaz, es ida y vuelta porque cualquier cosa puede pasar en le ciudad, en la que me siento vulnerable. Si voy a la ciudad es para quedarme en cuatro paredes.

La cara amable de la ciudad no son los barrios bonitos donde viven los gomelos, la cara amable de la ciudad la pone la gente que viene del campo, la que viene romperse el lomo o quemarse las pestañas en la universidad buscando un futuro mejor para ellos y para los suyos. Esa es la gente que me ha regalado una sonrisa, un aguapanela, una bolsa de basura para protegerme de la lluvia, el que me regala el pan de ñapa o el vasito de salpicon. La gente que viene del campo es la cara amable de la ciudad los otros los que viven como europeos, ellos no dan la cara, se mantienen al margen. 

Yo si he comido calle y alardeo de ello porque eso me humaniza y no me permite ser indiferente, he bailado en comparsas, saliendo de la plaza de toros hasta la plaza de Bolívar, he salido a cantar con los devotos de Krishna por toda la séptima y así mismo he podido disfrutar del septimazo sin una sola moneda en el bolsillo. Los artistas también hacen a la ciudad más amable, los grafiteros, los muralistas, caricaturistas, bailarines, músicos, los cuenteros, los cirqueros, todos ellos hacen que esta ciudad se más amable y junto con el campesino es lo que aprecio de la ciudad.  Lo demás es algo asi como indiferente y marginado básicamente es el des amor.

He comido calle avanzando sobre dos ruedas, salir a la calle es como salir a la superficie y ponerse una cruz a cuestas, entre estos pensamientos de asfalto saltan las lágrimas humedeciendo la tela del tapabocas. Siento nostalgia de una ciudad amigable que tiene el potencial de sonreir, abrazar y acoger al campesino y extranjero con el sueño de una vida tranquila y placentera. 

Una ciudad que busca el placer en el vicio y no en el simple hecho de estar vivo. 

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